| De la Editora
Un intrépido defensor marcho para otro espacio
Sentarme y hablar de una pasión común eran momentos únicos. Un soplo vivo de cultura se comprometía en su conversación. Ya no era solamente el negociante de arte, sino también, un defensor de la idea creativa, la identidad ideológica y de la cultura que lo definía, así como los artistas que lo rodeaban.
Se integraba de manera natural a la historia del arte con una vivacidad y una elocución especialmente generosa cuando hablaba de su fascinación y su respeto para la abstracción como de la obra de Joan Mitchell. El expresionismo era también una fuente vital de referencias para la selección de sus artistas. Todos los movimientos que declinaron del expresionismo alimentaban su espíritu combativo para la identidad cultural de su país. Nunca se apartaba del libro de la obra completa de Chaim Soutine y me hablaba de él con la misma vehemencia con la que hablaba de la necesidad de sostener y defender a un artista emergente.
Su erudición para la cultura de su país era excepcional, eso no impedía sus prioridades de referencias universales en sus discursos. A cada conversación relativa al arte, daba la impresión de descubrir con una inocencia pueril auténtica, informaciones sobre las cuales terminaba por demostrar su implicación en la influencia de sus selecciones de artistas. La fe en sus artistas, en sus herramientas de promoción, ediciones gráficas y demás era su vehículo de trabajo.
Él gritaba la falta de interés del gobierno y de los políticos, así como la hipocresía de las instituciones en relación con la protección y la promoción de los artistas puertorriqueños. Tenía siempre la impresión de que estaba dispuesto a ir en guerra con una sonrisa en la mano. Fue el origen de las más grandes colecciones institucionales y privadas de Puerto Rico, siempre acompañado de su caballo de batalla; los artistas puertorriqueños.
Debo reconocer que era el único galerista en Puerto Rico con quien podía intercambiar opiniones sobre las grandes teorías del arte. Entonces, cuando iba a visitarle, en lugar de interrumpir la conversación que teníamos para saludar a un cliente, él lo introducía en nuestra conversación y se sentía honrado de ofrecer una tertulia íntima sobre su pasión.
Ser un verdadero galerista en Puerto Rico, en el sentido noble del término, y no dejarse desviar únicamente por la necesidad comercial, es terriblemente difícil. La coherencia de la razón de ser galerista en esta Isla se fundó sin un pilar y, obviamente, es más fácil dejarse navegar en las olas de los intercambios comerciales que de plantearse e imponer su visión.
Andrés Marrero acaba de irse. Espero, sinceramente, que otros galerista en Puerto Rico se inspiren de su pasión.
Corinne Timsit |